viernes, 5 de enero de 2007

TECNOLOGO = CIENTIFICO

06-02-06 La Voz del Interior, Córdoba Sociedad
La cuestión tecnológica
Por Carlos Debandi
Presidente Agencia Córdoba SE
Algunas personas piensan que el avance tecnológico es un subproducto de la ciencia.
En alguna medida no se equivocan.
Pero es una interpretación limitada, basada en el supuesto de que existe un funcionamiento ordenado entre la generación y la aplicación del conocimiento.
En los últimos 150 años, las ciencias produjeron una cantidad asombrosa de resultados.
Descubrieron principios básicos en el funcionamiento de la naturaleza y del universo, idearon modelos simplificados para explicar la realidad de los fenómenos, formularon leyes, establecieron relaciones empíricas de mucha utilidad práctica, sistematizaron grandes teorías generales.
Se puede afirmar que el objetivo vital del científico fue y es la generación de conocimientos originales.
Se puede afirmar también que el objetivo del tecnólogo es aplicar los conocimientos para resolver problemas, crear máquinas, instrumentos, o sistemas, que sean de utilidad en las cuestiones cotidianas, por más complejas que éstas sean.
El desarrollo tecnológico no deviene en forma automática del acontecer científico.
Hace falta una interfase inteligente entre el problema y el conocimiento básico que puede resolverlo.
Vale un ejemplo: los principios básicos que determinan la sustentabilidad de un planeador son los mismos por los cuales puede volar un jet.
No hubo necesidad de “desarrollo científico básico” entre los primeros aeroplanos y las actuales.
Cierto es que hizo falta el desarrollo concurrente de nuevos materiales y sistemas de propulsión o control.
Pero el principio básico del vuelo es el mismo.
La moderna aeronáutica es producto de la tecnología.
Tiene una dinámica propia.
Un ejemplo similar se puede establecer entre los primeros generadores de energía a vapor, activados por leña o carbón, con las actuales usinas nucleares.
El principio básico es la producción de vapor mediante calentamiento de agua.
Lo que cambia es la naturaleza y eficiencia del combustible.
Y la complejidad de los sistemas de control y seguridad.
Y entre una pequeña turbina basada en las leyes de la dinámica de los fluidos y las que alcanzan 10 metros de diámetro en las grandes represas hidroeléctricas, no hay distancias científicas, hay enormes saltos tecnológicos.
Entre el quehacer científico y el quehacer tecnológico hay diferencias conceptuales y metodológicas.
El primero, persigue al conocimiento por su valor propio: construye el sistema del conocimiento.
El tecnólogo enfrenta un problema objetivo, lo estudia, lo organiza, y utiliza el conocimiento (propio, de terceros, universales) para construir la solución.
En las últimas décadas la tecnología comenzó a adquirir vida propia, esto es, no sigue el ritmo del avance de las ciencias.
Y en algunos casos, incluso lo supera, utilizando resultados que todavía no han logrado pertenecer a un sistema ordenado, explicado, racionalizado.
Los ejemplos relacionados con estas afirmaciones se deben buscar en las tecnologías de la informática, la comunicación, la cibernética, la robótica, la inteligencia artificial, o en el diseño de nuevos materiales.

Desinteligencias
En el sistema científico y tecnológico nacional (Conicet, universidades, centros de investigación) existe una desinteligencia en el manejo de la cuestión tecnológica.
El sistema se fundó bajo la concepción del modelo científico, y no se adapta a la hora de evaluar la labor tecnológica.
En la Argentina sabemos producir científicos, pero no sabemos desarrollar tecnólogos.
Este es uno de los principales problemas a resolver –a corto plazo– si queremos alcanzar un desarrollo independiente basado en la fortaleza del conocimiento propio.
El sistema de evaluación del Conicet se basa prácticamente en criterios científicos, en los cuales la posesión de un doctorado y las publicaciones internacionales en revistas de alto impacto juegan un rol decisivo.
Sin embargo, un tecnólogo que trabaja, por ejemplo, en una pequeña empresa de base tecnológica, o en un centro de desarrollo y servicios, como el Inta (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), o el Inti (Instituto Nacional de Tecnología Industrial), difícilmente dispondrá de tiempo para dedicarse a escribir papers, y es muy posible que no haya terminado su doctorado.
Tampoco quizá tenga sentido que inscriba patentes: no todo desarrollo requiere ser patentado.
El sistema de incentivos docentes que se aplica en las universidades para impulsar la investigación padece los mismos males.
Es un reflejo del anterior.
De modo que si aceptamos que es necesario disponer de tecnólogos que den pronta respuesta a las cuestiones del desarrollo (estudio de problemas concretos y propios de nuestra región; diseño de tecnologías requeridas por nuestras fortalezas primarias para generar valor agregado; desarrollo equilibrado de la producción mediante la solución local de carencias estratégicas) debemos comenzar por generar espacios para que estas inteligencias se incentiven.
Debemos establecer las reglas de juego para que los tecnólogos no deban “disfrazarse de científicos” para lograr un lugar en el sistema.
Otro tema importante: los sistemas de evaluación actuales no le otorgan puntaje a las actividades de gestión.
Todo esto hace que la ecuación de conveniencia que debe respetar un investigador si quiere hacer carrera es no dedicarse demasiado a resolver aplicaciones que no generen publicaciones internacionales; no distraerse en trabajos en empresas (sobre todo si no te dejan publicar los resultados) y, tener mucho cuidado con perder tiempo haciendo de administrador.
Así las cosas, cabe plantearse algunas preguntas y respuestas:
El país, ¿necesita tecnólogos?
Si la respuesta es sí, comencemos por adecuar los criterios de evaluación de las principales instituciones nacionales.
¿Puede funcionar el sistema científico y tecnológico –sus estructuras, sus centros– sin gerentes que lo dirijan ?
Si la respuesta es no, entonces debemos impulsar dos cosas:
formar gerentes dentro del sistema de ciencia y técnica, y una vez que los formemos, los valoremos como pares, y no los condenemos en categorías inferiores.
Es una injusticia mayor que un científico o un tecnólogo haya dedicado años a dirigir y administrar centros para que puedan trabajar y producir sus colegas y que, al finalizar la etapa, el peso específico de su currículum haya descendido.
Pero así es.
Todavia

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